La ingeniería hedónica
¿Nuestra vía de acceso a la independencia emocional?

David Pearce en entrevista con Ian Richardson

Eubios Journal of Asian and International Bioethics 11 (2001), 13-4

La ingeniería hedónica consiste en aplicar la biociencia para elevar los niveles de normalidad de salud mental en la población general. ¿Qué es lo que esta disciplina promete? ¿Qué problemas éticos suscita? ¿Debería uno sentir entusiasmo, curiosidad o preocupación? Las respuestas a estas preguntas nos conciernen a todos. Vía.

Pues bien, la ingeniería hedónica… ¿qué es todo este revuelo? La biotecnología nos ofrece la posibilidad de mejorar de manera segura y perdurable el estado de ánimo, la motivación, la empatía, e incluso la cognición de cualquier persona, esté o no mentalmente “enferma”. Agentes para mejorar el ánimo, (y, en el futuro, la terapia genética), podrían, en potencia, suplantar la gama actual de drogas sociales y recreativas, poniendo fin a la “crisis de las drogas” de una vez y para siempre. También nos podrían hacer más felices y más respetuosos del prójimo, resolviendo así otros problemas moralmente urgentes como el suicidio, la depresión, el crimen violento, la agresividad, etc. Es hora de crear un nuevo paradigma del papel de las drogas han de tener en una sociedad: un paradigma que expanda las opciones, defienda la libertad, y actúe compasivamente con quienes se hallan terminalmente ansiosos y afectados por el malestar.

Si estas drogas fueran tan maravillosas, ¿por qué no se están desarrollando actualmente?

Los agentes para mejorar el ánimo evocan el fantasma del “potencial de abuso”. La ortodoxia médica sigue una dura línea de minimalismo terapéutico que considera que los potentes fármacos para aliviar el dolor (incluso aquellos que no son tóxicos) son pecaminosos en todas salvo las más extremas circunstancias. Los inhibidores de reabsorción de dopamina como la amineptina, que en ciertos casos pueden combatir la depresión con mucha mayor efectividad, ya han sido prohibidos en el Reino Unido y en los Estados Unidos por esta razón. Nuestras definiciones actuales de enfermedad mental son de una antigüedad que da pena, y excluyen enormes cantidades de angustia, tristeza y dolor, que podría aliviarse sin riesgos si cayera bajo alguna categoría diagnosticable. El supuesto mismo de que los estados naturales de consciencia y las normas y medias emocionales representan el ideal es miope y científicamente ingenuo.

Una afirmación osada.

Si la psique humana se optimizase para el bienestar personal o social en lugar de la eficacia genética, la gente no continuaría formulando preguntas sobre el origen de la maldad humana. Incluso a través de anteojos color de rosa, es difícil pasar por alto la evidencia de que la volencia, el malestar emocional, el desconsideración por el otro y el sufrimiento existen todavía por doquier incluso en sociedades afluentes. Estadísticamente, la gente no dice sentirse más feliz hoy que una generación atrás, a pesar de niveles de vida generales mucho más altos. Hemos tocado los límites de nuestro aparataje emocional. Pero ¿no es mejor abstenerse de la droga que ser adicto a las drogas (incluso las “saludables”)?

La adicción es sólo un problema si la droga es tóxica o tiene algún efecto colateral indeseable, o si existe alguna posibilidad de que el suministro se interrumpa. En la actualidad, somos dependientes de muchas cosas para continuar con vida: comida, agua, oxígeno, amor, etc. Si aspiramos a gozar de niveles más altos de salud mental y social, debemos abrazar la oportunidad de trascender nuestro legado evolutivo.

Pero ¿no sirve el dolor un propósito útil, ayudando a nuestra supervivencia y contribuyendo a la riqueza emocional de la condición humana?

En general, el dolor “físico” nos es razonablemente útil. Pero el dolor emocional en grandes cantidades —como la soledad, la necesidad sexual, los celos— sólo es útil a nuestros genes. Debido al modo en que hemos evolucionado, nuestra infraestructura neuronal nos incita a concentrar nuestra energía en torno del sexo y el romance, y nos castiga despiadadamente cuando no obtenemos lo que queremos. La competitividad sexual motiva, asimismo, muchas de las conductas más desagradables. El derecho, la educación, la religión, las prohibiciones morales, y las reformas socioeconómicas graduales no han logrado que la gente viva feliz y en armonía, precisamente porque continuamos siendo manejados por imperativos genéticos que sólo benefician al vehículo que los transporta, y permanecemos vulnerables a los desencantos románticos.

La Naturaleza es una diseñadora ciega y negligente, al margen de todo lo extraordinarias que puedan ser sus creaciones: una enorme cantidad de crueldad y sufrimiento fútil es inevitable bajo cualquier régimen de selección natural. Pero el egoísmo y el dolor no tienen por qué continuar siendo los gajes del oficio de la condición humana. Como un verbalismo vacío, ‘felicidad’ puede sonar poco prometedor para mentes de principios del siglo XXI no iniciadas en las drogas; pero languideciendo sin desarrollar en nuestros laboratorios se hallan formas de sentirse bien más ricas y hermosas de lo que jamás hemos soñado. La empatía profunda, la energía creativa con el poder de transformar el mundo, las experiencias pico eufóricas y los estados sublimes de bienestar extático pueden volverse la nueva norma de salud mental.

¿No es esto un tanto perturbador y reminiscente de Un mundo feliz?

Los estereotipos como los de la droga soma en Un mundo feliz, que mantenía a sus usuarios en un estado de estupor extático, son engañosos. Los mismos ponen de manifiesto una falta de conocimiento acerca del rango de opciones disponibles en la actualidad. Las drogas no tienen por qué turbar o debilitar nuestra habilidad para sobrevivir. La psicofarmacología creativa puede incrementar la motivación y la capacidad para el pensamiento incisivo orientado a metas —algo que se halla muy lejos una de prescripción para una vida aburrida o incompetente. Asimismo, dada la correlación entre el temple depresivo y el bajo estatus social, el proyecto de eriquecer radicalmente el ánimo y la motivación del grueso de la población pondrá muy probablemente a la gente en una situación de mucha menor vulnerabilidad a la explotación por parte de una elite poderosa o, por lo demás, a quedarse estancada en un modo de vida uniforme. La felicidad, y una receptividad aumentada, pueden dar a las personas un enorme poder sobre sus vidas. La libertad de uno de elegir la composición química deseada de la propia consciencia no es otra cosa que la libertad de elegir quién o qué quiere uno ser. Cualquier tecnología que nos la proporcionase representaría una incalculable extensión de la elección.

Nuestra organización, BLTC (Viviendo mejor mediante la química [Better Living Through Chemistry]) es una agrupación informal de personas de todo el mundo que trabajan voluntariamente para promover la idea de que debemos permitirnos eliminar el sufrimiento en lugar de racionalizarlo interminablemente. El hecho de que la terapia farmacogenética evoque, inevitablemente, temibles motivaciones totalitarias es simplemente una expresión más de la propensión de la gente “normal” a buscar y el poder y abusar de él. Todo este argumento no es más siniestro que el ruego de que se debería permitir a la gente, dentro de ciertos límites democráticamente acordados, hacerse responsable de su propia infraestructura emocional, en lugar de estar condenada de por vida a vivir con las limitaciones neurales que en el pasado han conducido al género humano a tan terribles extremos.

Hablas de “públicamente subsidiado”. ¿Por qué mis impuestos deberían pagar para que otros se quemen la cabeza?

Los subsidios públicos se justifican porque la salud mental y la conducta humanas tienen “externalidades” económicas. Los beneficios de la benevolencia y los costos de la maldad tienden a recaer sobre otros —una de las principales razones por las cuales hay demasiado poco de lo primero y demasiado de lo último. La biotecnología nos permite subsidiar la conducta que más valoramos e inhibir la expresión de la que odiamos en su misma fuente emocional —por lejos la manera más poderosa y sensata de hacerlo. Los subsidios públicos podrían justificarse, además, invocando consideraciones de utilidad o de equidad: los pobres y oprimidos tienen probablemente más por ganar que los ricos y poderosos.

¿Usted no está sugiriendo que debería intervenirse en el cerebro de la gente coactivamente, no?

No. La participación en el programa debería ser completamente opcional. En la práctica, sin embargo, un programa biológico que combina metas como las de una sociedad más buena, más lista y más productiva con el atractivo de la felicidad eterna no tendría, una vez que se respondiese apropiadamente a los temores de la gente, problemas para alcanzar amplia aceptación voluntaria, y lograr así metas sociales de mayor alcance.

¿No existe la posibilidad de que esta clase de terapias inicie una especie de transición hacia un nuevo tipo de humano?

Si: la expresión no es exagerada. Sería, en los hechos, una decisión colectiva de dar comienzo a un programa de transición biológica dirigido a producir versiones más inteligentes, felices, amables, compasivas y vitales de nosotros mismos. Al menos en nuestro planeta, la decisión de una especie de asumir control preciso de su propia evolución fisiológica carece de precedentes; pero los pueblos de la Tierra han evolucionado de otras maneras en el pasado, y ahora la biotecnología nos ofrece la posibilidad de codificar la alegría, el respeto y el amor por los demás en el nivel molecular. Si somos lo suficientemente vivos, cobraremos consciencia de que ciertas creencias científicamente ingenuas están frustrando lo que es simplemente una oportunidad fantástica para mejorar nuestras vidas y las de quienes nos sucederán. No tenemos nada que perder, salvo nuestro dolor.


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